
"Para ser original hay que volver al origen."
Diana Navarro
No tiene precedentes. Tampoco tendrá continuidad. Ella concentra a todas las Diosas de nuestro Olimpo y paralelamente, constituye una nueva. Esta mujer, a quien intuyo la más larga de nuestra vanguardia popular, nació del genoma que podrían formar la copla, la saeta y el flamenco.
Algo heredaría de todos los cantaores de mediados del XX que constituyeron aquella ramificación que la memoria dictaminó como Flamenco sinfónico y que la crítica musical de la época lapidó sin piedad. Chacón, Marchena, Valderrama, Caracol, Pinto, Molina, Farina, de los Peines, de la Puebla... , unos sonidos blancos que en oposición a los negros lorquianos, fueron interesadamente apartados por el régimen franquista para ofrecer otra imagen de España, equivocadamente más propia.
El flamenco surgió del conflicto que supuso el coche frontal de la cultura Occidental con la Islámica en la Península Ibérica.
En cualquiera de los casos, esta mujer, que tiene en la garganta las Sinfónicas de Bratislava, la de Praga y la de Londres en un diálogo de amor y odio constante, avanza de espaldas. Camina hacia atrás, con tiento. La cantaora concibe su máquina de ejecución (su garganta) preparada para afrontar el reto que supone este género y decide, sin complejos hacia el mundo y sin compasión hacia ella misma, adentrarse en su cosmos por una necesidad vital de volver al origen para ser original, de mojar sus cuerdas en el oro de lo que Manuel Machado denominaría lo jondo.
Las estructuras comienzan a desplegarse. Antonio Campos a su derecha al cante, al toque Juan Antonio Suárez "Cano" a su izquierda. De testigo, la cúpula protectora y validadora del Teatro Quintero de Sevilla. Pronto la Diosa desdobla su cante y uno empieza a intuir lo grande que es la estrella que la alumbra.
La cantaora no teme. Su cerebro domina y cede al riesgo. Va tocando puertas en un homenaje complejo a los entes blancos de la mitología de este género. Y entonces comienza con unos cantes americanizados, de ida y vuelta, una guajira tibia y dulce titulada En la cabaña que habito. No le importa lanzarse después por cantiñas: “Deja que te mire / mocito el clavel, / deja que te mire / que la carita y el pié”).
Detrás de unas gafas oscuras unas tinieblas. "Por el aroma conozco / la existencia de las flores, / y desde el fondo del alma / veo del mundo los colores". Diana Navarro nos recuerda en una milonga hiriente la penumbra en la que debió vivir La Niña de la Puebla a consecuencia de su ceguera, para lanzarse después a abrazar el recuerdo de Enrique Morente haciendo la caña, recuperada por el Todopoderoso casi al filo de su extinción y arrancando de la memoria cantes empolvados de Valderrama y de Marchena: "Ni contigo ni sin ti / mi mal no tiene remedio, / contigo porque me mata / y sin ti porque me muero".
De unos cantes abandolaos, paseados por jabegotes y verdiales ("Viva Málaga que tiene / Caleta y el Limonar. / Viva Málaga que tiene / un parque lleno de flores / a la orillita del mar / donde nacen los amores"), a unos tangos denominados del Antoñí. En esta ocasión es Antonio Campos quien retrata unos tientos de La Perla de Cádiz para regresar de nuevo al recuerdo de Morente, pasado por Lagartija Nick y Omega, hasta llegar a Leonard Cohen: "Quién te escribirá canciones de amor / cuando yo sea señor y al final / tu cuerpo una capilla blanca de un camino / donde mis sacerdotes por ti rezarán".

Ya ven, una excelencia tras otra. Y para cortejarnos de nuevo, unos fandangos de nácar: "Hiciste sangre en mis labios, / me diste un beso en la boca. / Sangre hiciste en mis labios, / y como no me querías, / me diste el desengaño / de olvidarme al otro día".
Pero la Sirena de Málaga se reinventa y revisa también la media granaína que la encumbró a la gloria. No sabría reconocer en qué punto uno empieza a confundir su voz con un sitar hindú o los violines del Adagio in G Minor de Albinoni. "Sola, / sola con mi pena, / sola, triste y sola, / sola en mi amargura / con mi pena sola".
Sin miedo se decide por el Padre nuestro por campanilleros y es entonces cuando resulta fácil comprender que lo popular y lo exquisito son nociones indisolubles. Recuerdas seguidamente que el éxito de lo popular se encuentra en una sencillez a la que Navarro suma las formas de las doctrinas orientales. Y con mimo, frágilmente, va contruyendo su oración flamenca: “Padre nuestro que estás en el cielo, / oh, santo sea tu nombre, mi Dios celestial”.
Pero el punto culminante llega con la saeta. Cuando Diana Navarro hace el cante más doliente de la Semana Santa, no hay Cristo al que no se le cierren las heridas. Será que esta Sirena de Málaga tiene todos los puñales de la Dolorosa clavados en esa garganta. Y la paya se raja. Y es tal la dimensión de su cante, que uno es capaz de tocar el rostro salado de la Amargura. Como cuando la Niña de los Peines, tras beberse el trago de cazalla, hace presente lo divino. Y la rosa blanca de Zamarrilla se vuelve de sangre roja. Y al Maestro Román lo encarna la vida. Y ya no hay bandolero bajo el manto, porque la contempla. Y Diana Navarro sale engrandecida de su cante ritual. Y nosotros nos rendimos ante tal barbaridad. Y uno, cuando la tiene delante, no puede evitar gritar en su silencio eso de... Al cielo con ella.
Queda claro entonces que hay más arquitectura en el flamenco que en Sebastián Bach. No dudo ahora que la humanidad sea -en palabras de Morente- patrimonio del flamenco. Un género que por rico es inconmesurable, absoluto y sagrado.
Es posible que lo de esta esteta en la difícil escala del flamenco, tenga la misma caterogía que El pájaro de Brancusi, un traje de Balenciaga o la novena de Bethoveen. Diana Navarro canta flamenco, y es sencillo comprender al escucharla que el arte sea todo contención, porque cristaliza en su cante algo del origen que no sabemos lo que es, pero que es lo único que importa. Si el folclore es la ciencia de lo popular (Folk/Lore), Diana Navarro es una de las folclóricas más destacables (y deseables) de nuestra vanguardia.
Inevitable recordar aquello de Llabrés que decía: "Flamencos, pregonad con vuestras coplas lo que vale una mujer". Y de Llabrés al goce lacaniano, porque lo de esta bestia de peina y volante no tiene parangón. Les encomiendo a la ciudad de su voz, que es como la Brasilia de Niemeyer. Canta Diana -diría Alberti-, que de cesar tus vidrios, cesaría la sangre del pueblo (caliente y blanca).